Como odio la arena elijo siempre las rocas. Cojo mi toalla,
mi revista veraniega de “args” y otros marujeos, mi cremita y me dirijo hacia
el espigón. Con la mala suerte de que éste se convierte en el lugar preferido
de todos los niños que veranean en el mismo pueblo que yo. Extiendo la toalla,
me echo la cremita y me dispongo a pasar un par de horas relajadas al sol, con
algún refrescante baño intercalado,… pero lamentablemente la paz dura poco. Se
acercan ya varios exploradores de entre 6 y 12 años, cazamariposas en mano,
deseosos de coger cangrejos, gambas y hasta pececillos si se dejan. A grito
pelado van de piedra en piedra avisándose unos a otros cada vez que ven un
cangrejo, a ver quién ve el más grande, a ver quién se atreve a cogerlo.
Y yo luchando por relajarme… así imposible… por si fuera
poco más atrás llega la madre o el padre de turno que no se atreve a dejarles
solos por si les pasa algo, pero que tampoco quiere ir con ellos para darles
libertad… claro, el progenitor llega un momento que se cansa, se quiere volver,
y llama a los exploradores otra vez a grito pelado (de tal palo tal astilla) “Juaaannn vuelveeee, ¡que vengas aquí te he
dichooo!. Como vaya yo va a ser peooor. Estás castigadooo”.
Y yo sigo tratando de relajarme y de concentrarme en mis
“args” del verano, pero que va, imposible. Me voy al agua a ver si me refresco.
Entonces, desde el mar, presencio el enorme respeto que Juan le tiene a su
progenitor “que me dejeees. Que no quiero
ir. Que pasooo de tiii”.
Estaba yo pensando que eso mismo le respondo yo a mi padre a
esa edad y de la torta que me da no vuelvo a explorar en toda mi vida. Y que
conste que mi padre no es ningún maltratador, como lo intentarían vender ahora.
Simplemente me inculcó el respeto a los adultos. Y mientras pienso esto me doy
cuenta de lo vieja que me estoy haciendo y de la pereza que me da traer un
churumbel a este mundo… réquiem por mi instinto maternal.


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